En el relato que haría durante el resto de su vida, y que se convirtió en el auténtico recuerdo, había un oso polar con las fauces abiertas a veinte metros de distancia, corriendo hacia él cuando arrancó la motonieve, no porque fuese un embustero, o no sólo porque lo fuese, sino porque instintivamente sabía que estaba mal deslucir un buen episodio.